viernes, 5 de noviembre de 2010

Ya no es divertido limpiar chauchas

Ya no es divertido limpiar chauchas, ni cascar huevos, ni sacar las arvejas de la vaina (o las “alberjas” como decía la Tina) ni mucho menos es agradable cortar el queso en cubitos. Ya no esperamos la lluvia para armar barquitos. Ya no esperamos el invierno para usar zapatitos tejidos de lana. Ya no tengo paciencia ni ganas de escuchar una misa (aunque le siga teniendo pánico a las procesiones de Pascua). Ya no hay nadie a quien romperle los elefantitos de porcelana, derramarle el agua bendita o cambiarle, sin que se dé cuenta, el canal que está mirando en la T.V. Ya no hay con quien sacar reposeras a la calle en verano para tomar “el fresco”. Ya no hay nadie que exclame ¡qué linda cosa! ante una escena subida de tono en la T.V, ni quien pida una lajita de postre, ni quien intente servirse soda cuando el Shh sordo del sifón indica que justo ya no queda más que gas. Ya no hay nadie que se enganche con telenovelas aunque reconozca que son macanas, ni fu ni fa, ni chicha ni limonada.

Ya no llaman a la puerta para nadie que diga ¿quién es?, ¿quién llama?, ¿quién viene a mis penas calmar? Ya nadie emite ante el día que expira los años, la vida, quién sabe lo que son ni que recite a la hora de dormir silencio en la noche, todo está en calma, el músculo duerme, la ambición descansa. Ya nadie evoca las piezas de D’arienzo,  los pasos del Charleston y el baile eterno del vals en el tiempo del ñaupa en la Sociedad Italiana. Ya nadie se sorprende con las excentricidades ajenas al grito de ¡qué fenómeno! No hay quien nos diga que no seamos tercos con ese siempre indescifrable testa maida vivi, tampoco hay quien nos pregunte al vernos con la cara lánguida chi fu que ha tiratto la pietra?, o que nos diga que se siente cusí cusí.

Ya no hay quien nos cuente de trenes y estaciones, de la infancia en el campo, de la nodriza que casi-casi hace que nosotros no existamos. Ya nadie se pega una resfalada justo cuando va a agarrar el pimiento en la verdulería. Ya no hay nadie que lea, repase y estudie el diario durante todo el día, ni nadie que quiera saber si ya comenzó el noticioso. No solemos escuchar las expresiones “elemento cacerola” o “ambiente puloil” con tanta frecuencia. Se fueron las bombas de papa y los sfinges, los sobres, las cartas, ya nadie usa el librito de los códigos postales, ya no se siente el ruido de la máquina de coser al ritmo del pedaleo. Se fueron los rudimentarios origamis con los que nos entreteníamos mientras íbamos de viaje en algún auto viejo. Ya nadie canta finito ni nos pide juicio y sosiego.

¿Nos acordaremos de aquí a un tiempo de todo lo que era el cambalache o será tan sólo un sillón viejo más?, ¿habrá alguien que pueda advertirnos que nos hemos vestido de cocoliche y que al guiso de lentejas hay que comerlo desde la orilla porque es la parte que primero se enfría?, ¿quién nos aconsejará que no hay que pretender tener la chancha, los veinte y la máquina de hacer chorizos?

Ya no quedan ni los pensamientos, ni el señor, ni la señora de los pensamientos. Ya no hay quien nos cuente cómo se chamuscó el pelo por sacudir una garrafa. Ya no hay nadie que nos enseñe que para cada roto hay un descosido, que nos consuele y nos rete con a palabras necias oídos sordos, ni que se resigne con cuando uno anda de culo hasta las bola’arrastra. Ya no están los mates de los Lunes con la tía Luisita, quien transgredía para tu estupor (y para deleite nuestro y de la Tina) absolutamente todas las reglas de lo que suponías que debería ser el discurso de una Señora. Ya no podemos colarnos al té de los jueves, ni esperamos, siempre como si fuera la primera vez, las rosquitas y palmeras en las tardes de los domingos. Ya nadie nos dice que con alto sentimiento cada chancho a su rancho, ni siquiera tendrías a quién decirle Donna, ya nos han dejado solas.

Hay quien dijo, con mucha razón, que cuando muere un hombre muere un mundo. Sin embargo, cuando muere una abuela es distinto, se nos desvanece el mundo, y todo lo que aún permanecía vivo de nuestra infancia se despide para siempre, o si es que tenemos suerte, a lo sumo quedan algunos resabios en los maltrechos trazos de la memoria. Sólo somos niños cuando tenemos abuelos. La infancia no perdura viva, en el sentido más fuerte de la palabra, sin el poder asombroso que ellos ostentan: ése de transmutar en mágicos los momentos y las cosas de nuestro mundo cotidiano.
 
¿Qué sos pazzo?, ¿cómo va a ser divertido limpiar chauchas ahora?

5 comentarios:

Emiliano dijo...

Es hermoso lo que escribiste! Me dieron hasta ganas de llamar a la arpía venenosa y querible de mi abuela! jajaja!
Pero uno camina y también hace historia: lo que fué divertido y hoy no lo es, quizá sea parte de tus historias a tus hijos, nietos, sobrinos. O los que te rodean simplemente. Quizá sean tus historias divertidas las que ellos recuerden dentro de una bolsa de años, como volviendo a empezar desde el mismo lugar. Esas cosas no se pierden, nos sobreviven a todos. Menos mal!!!
Besos y abrazos a los nietos lectores.

Cucú Kitsch and Sant dijo...

Me dio una curiosidad bárbara de conocer a tu abuela!!

Gracias! Sí, hay demasiadas historias. Eso ES lo que somos, o por lo menos, sin ellas no seríamos como somos. Creo q hasta hay una memoria inconsciente de los antepasados remotos.

Después me acordé de cuando le escondíamos petacas bajo la almohada, zapatos de hombre saliendo de abajo de la cama y Marcos y cía. le tiraban calzoncillos en el ventilador para inventar la "escena del pecado". También, me acordé de mi primera rima, pseudo-poema de 1º grado cuando no le daba vueltas a la cursilería, la atacaba de frente: "abuela, abuela mi corazón vuela, te quiero tanto que me desepera"

Nina dijo...

¡Hermoso y muy emotivo!
Tengo un amor tremendo por los viejos, de hecho trabajo con ellos, así que me encantó.
¡Y al igual que Emiliano, me dieron ganas de ir a ver a mis abuelos!
Besos y buen finde.

Cucú Kitsch and Sant dijo...

Nina: Muchas Gracias! y no son los únicos, hubo otro caso de quien llamó a su abuela después de leer esto, no sabía q iba a generar esos efectos..
es increíble la sabiduría de los viejos y su necesidad de afecto, no de todos no creo q Bussi sea sabio, para nada, pero hay otros q están de vuelta después de tanta vida de puro aprender!!

Nina dijo...

¡Sí!, yo trabajo con adultos discapacitados, y es increíble ver cómo a pesar de sus limitaciones, hacen cosas tan hermosas y productivas. ¡Es algo hermoso que te llena y los llena de gratitud!
Besos