domingo, 14 de noviembre de 2010

¡Y dale con el papelito! (o de la conspiración de los zopencos)

      Hace un par de días una amiga de años, de ésas que saben romper como ninguna pero que se las aguanta porque el tiempo transcurrido y las historias compartidas les han otorgado la inimputabilidad vitalicia ;), me invita fervorosa a que vaya a escuchar la interpretación de la  9na Sinfonía de Beethoven que harían la orquesta universitaria y el coro al que ella pertenece. Sin dar muchas vueltas, rarísimo en mí, decidí aceptar el convite, los intérpretes eran buenos y, hasta donde lo recordaba, esa sinfonía era una de las más lindas y fácilmente reconocibles para un oído bastante machacado como el mío por los ritmos tropicales del vecindario y desorientado per se.
      Llego sobre la hora, no me queda otra opción que buscar asiento en el gallinero o cazuela (de gallinas cacareadoras?). Como siempre, en los minutos previos al comienzo de la obra se escuchaban murmullos, algún que otro crujido de butaca, algún taco alto que baja o sube las gradas, nada demás. Las luces comienzan a atenuarse, e invade la sala , como un animal agazapado, un silencio de sepulcro. Pero basta que el director tome la batuta y dé las primeras indicaciones a los músicos, para que sin prisa y sin pausa comiencen a sentirse por sobre de los primeros acordes y notas los papelitos de plástico de caramelos que se amacijan, se estrujan, se doblan, se guardan, se sacan, se vuelven a estrujar, se planchan con el dedo, se hacen bolitas... ¿qué carajo hace la gente con los papelitos?, ¿por qué pasa casi medio movimiento de la obra y el ser de la fila de adelante sigue y sigue, dale que te dale descuajaringando envoltorios? Lo peor es que comienza ese energúmeno y se le antoja un caramelito (o vaya a saber uno qué) al ser de la fila de atrás, y así sucesivamente durante toooooda la presentación. Lo mismo pasa con la gente que tose, antes de la obra nadie tiene ganas de hacerlo, NADIE. Después cuando las notas de la sinfonía deberían ser lo único que envuelva la sala, podría hacerse un concierto paralelo de tocidas, papelitos estrujados, llantos de bebés, 'clicks' espantosos de cámaras fotográficas, las eses de murmullos que molestan y mucho, los SHHHHH de los que intentan callar a los que murmuran pero no saben que también molestan y con más intensidad todavía, los aplausos antes de que termine y los pasos inquietos del que quiere una mejor toma de su cámara ruidosa.
      Ese concierto paralelo generalmente se toca como en las antípodas de la obra oficial, o sea, cuando la melodía surge humildemente, diría más bien cabizbaja, chiquitita, frágil, justo ahí, donde se supone que hay que hacer el mayor esfuerzo como oyente para distinguir los matices, para no dejar que  los sonidos se nos escurran. ¿Será que el espectador tiene pereza de hacer esfuerzos?, ¿será que sólo va para escuchar las partes famosas o para sacarle la foto al sobrino mientras éste abre la boca  en el escenario como si estuviera en el sillón del dentista?, ¿será que nos hemos acostumbrado tanto a los gritos y los bombos maltratados que no nos aguantamos las secuencias de la mansedumbre, de lo tenue o de, al fin y al cabo,  la ternura? Ahora bien, cuando suena la percusión a toda máquina, cuando más del centenar de coristas llega al máximo de sus fuerzas, cuando la orquesta en su totalidad alcanza el punto álgido de la partitura, ahí, todo es silencio en las butacas. Alcanzar la cima es placentero, lo concedo, pero no tiene el mismo gustito caer en ella de repente como si nos hubieran arrojado desde un helicóptero a que se llegue a ella luego de acompañar todos los recodos y vericuetos del camino. No es lo mismo, o mejor dicho, no es ni remotamente parecido.

  P.D:  La próxima vez voy al teatro con una honda hecha especialmente para la ocasión. En vez de municiones voy a llevar chicles masticados y babeados en el momento. Los voy a tener en un tupper destapado para no hacer ruido, y todo zopenco que intente conspirar contra la música tendrá la  maravillosa tarea de desprender las hilachas elásticas babeadas de su cabellera o de su calva mollera.

    
     

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Tení razón changa..

Marquesa del Choripán dijo...

Hace unos años me llevaron engañada a ver a QV4. Me habían dicho que era similar a Les luthiers. Si bien los integrandes como músicos eran buenos, como humoristas daban lástima. Rogué durante todo el espectáculo que alguien hiciera algún tipo de ruido, o algo que me llamara la atención, para pasar el momento aburrido; pero nada. Todavía se me puede ver en un video de Youtube, que alguien filmó esa noche, mirando, desorientada, hacia todos lados, buscando algún cómplice que no se parara y/o aplaudiera, o alguien que hiciera ruidos molestos que interrumpieran el show.

Por otro lado, ese mismo año asistí a un concierto de música clásica, y debo decir que el sonido del papel de caramelos, celulares o llantos de bebé no fueron nada comparados con el vaso de gaseosa que alguien me arrojó en la cabeza desde un palco.

Parece que ese tipo de molestias sólo ocurren en los conciertos de música clásica. En cambio, si los chongos se entretienen con QV4 y Tinelli, no molestan.

Emiliano dijo...

Es cierto!!! que no puede la gente dejar de comer cuando mira o escucha algo??? Es increíble... Celulares y toses varias también. Te avisan 2 o 3 veces que apagues el teléfono antes de que una obra empiece, y siempre hay 2 o 3 pelotudos que atienden un llamado en medio de un momento clave (o cualquier momento, es igual). Creo que sigue pasando justamente porque no hay justicieros instantaneos... El de atrás debería pegarle un cazote en la cabeza, al mejor estilo "correctivo" de papá y mamá. Porque no es mas que eso, falta de educación.

Bornine dijo...

Todos reclaman justicia, pero cuando le revoleo el videojuego de 2 pesos por la ventana del tren a la nena molesta que no-quiere-sacarle-el-volumen a ese artefacto del demonio (un demonio berreta y koreano) me dicen: ay, pero qué malo, es una nena.

Cucú Kitsch and Sant dijo...

Excelentísima Marquesa del Choripán (de gato también?): sépalo entender al querí sabí que lo hizo, para él fue un acto de arrojo pa' la supervivencia ante tanto bodrio!!

Emilio: sí, es una cuestión de educación mínima: respetar el espacio ajeno, vivir y dejar vivir

Bornine: me acuerdo que yo lo critiqué, y también por haberle dado un pisotón a otro mocoso en ómnibus, me arrepiento, estoy absolutamente de acuerdo con sus medidas drásticas!!!