jueves, 1 de noviembre de 2012

La delgada línea roja entre la metafísica y la burocracia

Dolor de panza, diarrea, urticaria, dolor de cabeza, palpitaciones, sudoración, imposibilidad de pensar en otra cosa, ansiedad. ¿Examen final? No, gracias a los dioses del Olimpo, al perro y a Sócrates ya no pasaré más por una situación de esas (o al menos no como estudiante rasa). ¿Aparición repentina del amor de la vida de una y ese tipo de cosas? Menos que menos. Es la burocracia el mal que me consume, es la angustia por los sellos que faltan, por las firmas pendientes, por las hojas sin destino, por caer de la planilla, por la 
intermitencia del sistema informático y los turnos que se agotan. Es el desconsuelo ante la desaparición de los certificados, la falta de resoluciones, la espera de "providencias internas". Es el ruego desesperado a la Providencia para que no deje que emerjan de los interiores del infierno diablillos eficientes para  traspapelar e ineficaces en todo lo demás.


 Pero, ¿por qué semejante aflicción? No son más que papeles inútiles que no dicen, realmente, nada de lo que uno es o sabe o deja de ser y saber. Lo que pasa es que vivimos  en un mundo en donde lo real no interesa, donde la única  referencia a los hechos debe ser alguna autoridad ¿competente? que los establezca como tales con sello, papel y firma. No es sencillo escapar de ese mundo. Entonces, la angustia que me habita, en el fondo, es la angustia por el no ser,  o por el ser casi nada... ¿vieron?

miércoles, 9 de mayo de 2012

Mundo Tribu (Parte 2)

Hay tribus que, al menos en apariencia, están más cohesionadas y clausuradas que cualquier otra. Sus miembros  están tan fuertemente ligados que parecen conformar un solo individuo. Un solo organismo. Es "la familia" la que piensa x o y, "el partido" el que acepta o rechaza una propuesta, "la iglesia" que promueve o condena una práctica, etc.
Dentro de esas tribus hay miembros centrales que hacen al núcleo del clan y otros miembros más bien secundarios, cercanos a los límites de pertenencia. Como en un organismo, hay órganos vitales y otros sin los que se podría seguir viviendo. 
¿Cómo darse cuenta de qué miembros son centrales y cuáles satelitales en una tribu? Propongo aquí que una forma de hacerlo sería examinar cómo el conjunto de los miembros de la tribu juzga las acciones del resto. Todas las tribus manejan explícita o tácitamente un código de comportamiento según el cual hay conductas que se adecuan a la norma general sostenida por el grupo y otras que no. Cuando un miembro de la tribu es central, es un miembro-núcleo, líder, etc., sus conductas anómalas (fuera de la norma) suelen ser vistas con indulgencia, se pasan de largo, se olvidan, se tapan, se esconden, se justifican, se les resta importancia.  Por el contrario, cuando un miembro de la tribu no es tan central, y aunque su acto anómalo revista una gravedad muchísimo menor que el acometido por el miembro-núcleo, siempre será condenado por el resto de la tribu y deberá sentirse culpable por el hecho.
Muchas veces, el miembro marginal o satélite no acomete un acto que vaya directamente contra la moral profesada por el grupo pero es defenestrado por su posición crítica, no por lo que hace. Es decir, los marginales lo son generalmente por una cuestión de "distancia reflexiva". Lo que no significa que sean más inteligentes, sino que simplemente pueden observar al grupo como desde fuera y percatarse de sus incoherencias e hipocresías. 
De la indulgencia del resto con respecto a las malas acciones del miembro-núcleo que se da en simultáneo con el defenestrar al que simplemente critica las incongruencias morales del grupo, se pueden derivar las máximas reales sostenidas por la tribu, no simplemente las profesadas. Esas máximas reales determinan lo que verdaderamente se considera pecado, delito, falta, etc. El peor pecado de todos es ir en contra de la propia tribu. En ella se justifican hasta los delitos más aberrantes, pero nunca hay que ir en contra de ella. Es por ello que para los observadores externos suelen ser mucho más graves los delitos que se pasan por alto, las conductas que se esconden que las que se defenestran.
Por otro lado, algunas veces los marginales les sirven a los miembros-núcleo de chivos expiatorios para justificar sus conductas anómalas. Es decir, cuando un miembro central de la tribu comete un acto considerado fuera de la norma, lo primero que hacen los otros miembros-núcleo es echarle la culpa a (1) alguien de fuera de la tribu que ha ejercido una influencia maléfica o (2) a un miembro marginal de la tribu, en una familia, por ejemplo, siempre es más fácil echarle la culpa a los parientes políticos que a los propios.  Generalmente terminarán contentándose con el hallazgo de algún tipo de excusa, o se remitirán a una instancia maléfica suprema, un "mal de ojo" o cosas semejantes. Lo cierto es que el miembro-núcleo nunca es culpable, haga lo que haga, diga lo que diga. Los culpables siempre son los otros: los marginales, los débiles, los críticos. Pero lo perverso del mecanismo es que estos últimos generalmente son las víctimas de los abusos de los núcleo. Las víctimas pasan a ser las acusadas. Al banquillo nunca van los verdaderos responsables. 
¿De qué son culpables las víctimas de la tribu? Simplemente de poner sobre el tapete las máximas y creencias reales del grupo y mostrar que las profesadas son nada más que eso, profesadas, dichas, manifiestas a los cuatro vientos pero nada más. Son culpables de ser centinelas contra las hipocresías y las injusticias. Serán siempre los eternos culpables y los que deban pedir perdón a cada paso. Los verdaderos hijos de puta, por el contrario, al profesar las disculpas consideran que ya está todo dicho, que la víctima tiene la obligación de aceptarlas y si no lo hace, el problema ya no es suyo, la culpa es de la víctima. Inmediatamente, la culpabilidad vuelve a aquel al que no le corresponde.
Así funciona el pensamiento-tribu. Intentemos evitarlo por el bien de nuestra salud mental.