miércoles, 15 de diciembre de 2010

¿Y si nos arrinconamos?

     Tengo alma de rincón, de espacio tras puerta cancel, de silloncito oculto ahí donde nadie detiene la mirada, de vericueto, de escondite, de esquinita, recalco, de esquinita no de esquina, hasta diría, de casa 'chorizo'. ¿Qué sería de la vida sin rincón?, ¿cómo distinguir una casa de un cubo cual supermercado si los rincones no existieran? Me parece que hemos subestimado mucho al poder simbólico del rincón. Pues, el rincón genuino es el lugar que no ocupa función relevante, que pasa desapercibido a los ojos más pragmáticos, que no se exhibe cual pan francés en oferta, pero que le da sentido tal vez al resto del todo. Me parece que no podríamos ser  sin rincón, no podríamos vivir en la exhibición constante, el rincón juega la partida entre lo que se esconde y lo que se devela. No podríamos vivir en un cubo sin vericueto o, si lográramos hacerlo, seríamos unos desalmados. La gente adulta que vive sin rincón es gente medio muerta, debe haberse olvidado de su infancia. El pobre que nace en un hogar sin rincones tendrá que buscarlos en las casas de los vecinos o hacer un agujero en la cerca perimetral del country y huir en la procura de sentido. Sin rincón no hay sentido, el sentido no es la función. El que pierde el rincón pierde la infancia y el que pierde la infancia pierde el alma.

No sé bien porqué se me vino este poema a la cabeza, quizás por lo de la "amistad oscura", vale la pena compartirlo:

Un patio - ( en Fervor de Buenos Aires, J.L Borges)

Con la tarde
se cansaron los dos o tres colores del patio.
Esta noche, la luna, el claro círculo,
no domina su espacio.
Patio, cielo encauzado.
El patio es el declive
por el cual se derrama el cielo en la casa.
Serena,
la eternidad espera en la encrucijada de estrellas.
Grato es vivir en la amistad oscura
de un zaguán, de una parra y de un aljibe.


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