martes, 5 de octubre de 2010

Enredos amorosos

      Entre perezas, miedos, pasatiempos absurdos y una estadía de varios meses en Brasil se pasaron prácticamente mis últimos dos años. Me llevó un tiempo considerable, diría hoy más bien ridículo, rendir la última materia de la carrera con el agravante de que todavía adeudo la tesis que se supone me hará salir de la categoría onto-ilógica de estudiante en la que ya no me siento simplemente presa, sino más bien enjaulada. Fue justamente en el camino hacia mi casa luego de haber rendido ese examen, en donde mi ser se vio afectado por completo por una suerte de revelación emanada por la luz de algunas musas de la bóbeda celestial. Quizás el canto de las musas suene más a excusa tan o más absurda que mis pasatiempos y mis demoras. No lo sé, sólo quería saber si  alguno de mis lectores -reales o ficticios- alguna vez sienten cosas semejantes. Las musas me decían más o menos lo que sigue:

[musa Gladys]: Tu problema fue siempre el gustar de verdad de algo. Si te gustaba la materia, entonces tenías la obligación filosófica  de enredarte en dudas al respecto de ella, inclusive, en adentrarte por senderos malditos capaces hasta de carcomer la dicha de existir a cualquier ser que se precie de existente...

[musa Lía]: Ay! la Gladys siempre tan académica y correcta. Niña: usted puede o, mejor dicho, debe continuar con esas dudas que amedrentan a cada paso, de hecho, si la Filosofía no es eso, entonces, ¿qué es? Pero si usted pretende vivir, mi querida, no le queda otra que desasirse de todas esas inquietudes que tanto la enriedan (sic) y dejarle el cometido de su resolución al viento, nada más que al viento. Piense usted, mi tesorito, ¿qué sucedería si en vez de hablar de materias  lo hacemos sobre "alguienes" que realmente le gusten?, ¿cuánto tiempo tardaría en embarullarse, desenredarse, confundirse, embrollarse y volverse a  desenmarañar hasta decidir tomarle por asalto y de improviso la mano en una tarde cualquiera? No deje que las dudas enmarañen su existencia, si así lo hace tendrá sólo dudas, al punto de que ya ni siquiera podrá concebirlas porque usted bien sabe que no se puede dudar sobre la nada absoluta. Su existencia ya no será tal, será sólo un manojo de dudas flotando en la inasible inmensidad del heter.

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